La #economía no resiste otro cierre de la #actividad

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La gestión global de la pandemia está dejando mucho que desear en todo el mundo, con contadas excepciones. Ahora, dentro de ese desastre generalizado, en España nos empeñamos en hacerlo peor que en el resto de países. Todos los gobiernos debían haber adoptado medidas ágiles, como el cierre de fronteras con China en enero, para impedir una propagación tan virulenta y rápida de la enfermedad y evitar que la sanidad colapsase, pero no se hizo. A cambio, se recurrió a una medida medieval, el encierro -llamado erróneamente confinamiento, que es, realmente, otra cosa-, con la confianza de que el virus se marchase cuando nos permitiesen abrir la puerta de nuestras casas.

En España, todavía fue peor, pues el empeño para llegar a la manifestación del ocho de marzo provocó un descontrol aún mayor y una sanidad muy desbordada. Ese desbordamiento fue el que probablemente ha hecho que en nuestro país el número de fallecimientos se haya multiplicado por cinco o por seis. Es verdad que una sola muerte es una pena tremenda, pues cada vida es irreemplazable, pero se habría podido evitar un desastre mayor, como el que hemos vivido. Debido a esta circunstancia, la población está lógicamente, atemorizada.

Los políticos deberían hablar claro y contarle a la población toda la verdad, para que pudiesen ser extremadamente prudentes en sus comportamientos, con el objetivo de ni contagiar ni verse contagiados, pero para que con toda esa prudencia mencionada pudiesen ir recobrando su vida normal. Es cierto que es un virus que se contagia con bastante facilidad, pero los políticos deberían dejar claro un conjunto de cuestiones: en primer lugar, hay que cumplir a rajatabla las medidas de prevención, sin bajar la guardia, pero sin temor. En segundo lugar, aunque cada muerte es una persona perdida y es insustituible, con todo el respeto hacia cada fallecido, podemos ver que el virus contagia pero que la mortalidad sobre el total de la población no es tan alto como al principio parecía que podría ser. Así, los tristemente casi 700.000 fallecidos en todo el mundo representan el 0,009% de la población mundial, que es de 7.594 millones de personas, al igual que nuestros 50.000 compatriotas a los que horriblemente ha matado el coronavirus son el 0,1% de la población. En tercer lugar, que mientras exista el virus habrá riesgo de contagio -incluso con vacuna, como sucede con la gripe-, pero que si cumplimos con las medidas personales de prudencia podremos tratarlo en el sistema sanitario, que es uno de los mejores del mundo, ahora que conocemos, además, mejor el comportamiento del virus y con la próxima llegada de vacunas y fármacos, sin necesidad de cerrar de nuevo la economía, que sería la puntilla para toda nuestra estructura económica.

Sin embargo, los políticos se han lanzado a una carrera desenfrenada por ver quién idea la mayor ocurrencia para presentarse ante la población como el que más y mejor luchó contra el virus, sin medir todas las consecuencias para la población que ello puede desatar. Comenzó el Gobierno de la nación con un estado de alarma prolongado sin justificación, negándose a emplear otra normativa, cuya reforma habría permitido un mejor control sin suspender derechos fundamentales, y un hundimiento de la economía provocado por decreto gubernamental derivado de no haber actuado a tiempo con medidas mucho más suaves. Es decir, una auténtica catástrofe de gestión por parte del Gobierno de Sánchez. Y ahora que la competencia la ejercen, con las competencias que tienen, las regiones, nos encontramos con elementos perturbadores, como el mero hecho de que no sabemos bien cómo es de obligatorio el uso de la mascarilla según nos encontremos en una región u otra. Eso, junto a otras cuestiones, genera inseguridad jurídica.

Es más, los políticos deben procurar tener todo preparado para poder atender a los enfermos que puedan producirse y recordar activamente que no hay que relajar las medidas personales de prudencia frente a la enfermedad, pero no deben dar la sensación permanente de que se va a volver a cerrar la economía, porque eso sí que genera inseguridad e incertidumbre, de manera que muchas personas van a suspender viajes a España o los propios españoles cancelarán sus vacaciones ante esta inseguridad, las inversiones se retrasarán o no llegarán nunca y el comercio y, especialmente, la hostelería, se derrumbarán si se les imponen nuevas restricciones.

Esta semana vamos a conocer la EPA y el PIB, ambos del segundo trimestre, donde podremos contemplar la primera magnitud del desastre económico. Los políticos deberían ser conscientes de que si empujan con sus decisiones a un segundo cierre económico o a generar desconfianza, puede ser muy negativo para nuestra estructura económica. La inmensa mayoría de ellos no saben lo que es enfrentarse al día a día de una actividad privada, ya sea por cuenta propia o por cuenta ajena, porque o llevan toda su vida en política o proceden de cuerpos funcionariales. Tampoco constatan en su entorno laboral el deterioro del empleo, porque su espacio de trabajo está formado por empleados públicos, que tienen garantizado su puesto de trabajo. Por su parte, muchos medios de comunicación se recrean en la contabilización de cada caso que se produce de infectados por coronavirus. Es comprensible que se informe, pero con rigor, porque una cosa es estar informados y no restar ni importancia ni prudencia ante la situación y otra contribuir a un estado de pánico irreversible.

Por ello, antes de hacer manifestaciones asegurando que se cerrarán todas las actividades necesarias, los políticos deberían pensarlo dos veces y buscar soluciones eficientes menos duras. Lo mismo deberían hacer muchos medios de comunicación a la hora de tratar las noticias. Un titular que retuerza la realidad puede generar un daño tremendo. Si no lo hacen unos y otros, si no lo hacemos todos, el drama social que se desprenderá de la crisis económica será mucho peor que el del coronavirus, con cientos de miles de familias en la ruina, porque en un entorno de pobreza habrá menos recursos para todos los servicios, empezando por la sanidad, con lo que la atención será peor y, por tanto, el número de fallecimientos por todo tipo de enfermedades será mayor. Estamos a tiempo de evitarlo, con toda la prudencia del mundo, con una disciplina estricta de comportamiento personal, pero sin paralizarnos.

El mejor homenaje que podemos hacerles a todas las personas que han fallecido por coronavirus es no olvidarlas nunca, dedicarles nuestras oraciones y mantener en pie nuestra sociedad, que ellos, una inmensa mayoría de personas mayores, contribuyeron a levantar de la nada y que nos brindaron. Ese titánico esfuerzo que hicieron no puede perderse por falta de arrojo actual. Ellos vivieron una guerra, una postguerra, muchas enfermedades propias de una sociedad menos avanzada y muchas restricciones y penurias, pero con su coraje sacaron adelante a España y nos dejaron una sociedad moderna y avanzada. Nosotros hemos de continuar esa labor, con toda la prudencia y con toda la valentía.

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